Nuestra Emisora

domingo, 25 de julio de 2021

LA FIESTA DE LOS CONSTITUYENTES


 Foto Periòdico El Espectador.  Escrito por Jaime Cárdenas, de  Defensores en Derechos.

Compartido para UrdimbreRadio.

Así como se descansa de una fiesta que los vecinos indeseables hacen con malos vallenatos y reggaetón, constatamos aliviados que, por fin ha terminado la alharaca por los cuarenta años de la constitución del 91. ¡Qué derroche de egos! Cada cual pretendía ser más importante como “constituyente primario”; y la prensa, mediocre por lo general, amplificaba la sonata de los pavorreales y pocos o casi nadie, indicaba que era una buena farsa, que había una gran dosis de cinismo en celebrar un articulado que llega después de cuatro decenios a mostrar un país invivible, terriblemente violento,  en el cual  los derechos son pisoteados de tal manera que ese país participativo, solidario, democrático, pluralista en el que prima el interés general de que habla el preámbulo de la Constitución no existe. 

Lo más importante de esta Constitución, los derechos fundamentales, los había acuñado el nuevo constitucionalismo desde hacia muchos años atrás, fruto de la reflexión que en el plano jurídico significó el nazismo, la quiebra de toda juridicidad, de toda razón, fundamento del Derecho. De manera que no había ninguna innovación jurídica. Hubo marginalmente, un trabajo atento como el del gran jurista nariñense, defensor de presos políticos, librepensador, de José María Velazco Guerrero quien venía de la Corte Suprema de Justicia, injustamente olvidado en ese despliegue de ostentaciones.

Nada o casi nada se dijo sobre la institucionalización de la figura del Fiscal General y su perverso método de nombramiento que entrega a la politiquería la justicia, tampoco sobre las formas de elección de magistrados de todo orden que igual vienen a ser fichas del congreso, mutis por el foro sobre el sistema electoral, silencio sobre la consagración de las privatizaciones y el viraje de lo público a lo privado, santificándose el capitalismo más depredador, el neoliberalismo, que expresamente se consagra con su culto al mercado, mutismo sobre la exclusión de la insurgencia en el nuevo pacto que hubiera significado que muchas vidas se hubieran preservado. 

Lo mejor: la acción de tutela que, con otros nombres, como el de derecho de amparo formaba parte de infinidad de constituciones. Acción de tutela que poco a poco se ha reducido en su vuelo, de suerte que, a título de ejemplo, vemos como frente al derecho a la vida y a la salud las entidades privadas de salud, los negociantes de la muerte, las EPS, ya no acatan los fallos de tutela y ya nada pasa. Hoy la acción de tutela en buena medida es un instrumento favorito de los grandes pulpos y consorcios, del gran capital para debatir frente a sus amigos en la Corte Constitucional la revisión sus intereses. 

Qué la Constitución del 91 elevó como derecho fundamental a la paz, un distintivo, dicen, de lo grande de esta Constitución, norma de normas como la llaman los kelsenianos acríticos, es cierto. Pero ¿se ha conseguido esa paz que consagra la Constitución? Tartufo entra en escena para decir que la culpa no es de la Carta Política, que nuestra constitución está entre las mejores del mundo, que la culpa es de quienes no la cumplen, porque en todo caso, este país es la democracia más antigua de América y todas esas babosadas con que han embolatado a dos generaciones y que los periodistas a sueldo diariamente repiten. Por fortuna los jóvenes, quienes en su cuerpo y alma han vivido la violencia más infame, ya no comen cuento. 

Como si fueran embaucadores de feria, se ha generado por los adalides del poder el fetiche de la norma. Como ocurre con la mercancía se le atribuyen poderes que no tiene. Las normas funcionan cuando hay un Estado configurado por la mayoría de la sociedad que permite que esas normas se observen y cuando hay una cultura de aceptación de estas, cuando hay legitimidad dicen los constitucionalistas y no solo validez, o sea, cuando se han creado las con todos ritos previstos, en lo que somos expertos desde Santander.

Y es que en Colombia el Estado no propicia el respeto por los derechos fundamentales, de manera que se pueda alcanzar un mínimo de bienestar material y espiritual y una mínima igualdad, y la sociedad no tiene el nivel de cultura y de fortaleza para que se pueda hablar de que defiende la juridicidad y su observación para la resolución de conflictos. Se ha entronizado desde arriba el culto a la mentira; la inteligencia se la asocia al astuto que roba, que falsea la palabra. El que hace culto a valores como la honradez y el trabajo es tomado por tonto, cuando no es objeto de persecución y llevado al ostracismo.

Si se hizo una de las mejores constituciones del mundo y si cada hora, cada mes y cada año, el país va hacia el precipicio, significa que algo falla. Si por un lado tenemos una Constitución que reconoce el derecho de ir al paraíso, y por otro nos encontramos en el infierno, hay que preguntarse si los fiesteros podían quitarnos el sueño con su atorrante melodía, si los sacerdotes del establecimiento y los pecadores arrepentidos no debieron ser más modestos, más leales con el pueblo soberano de Colombia, acribillado en todos los órdenes, literal y metafóricamente.

JAIME CÁRDENAS. Abogado Defensor.

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